El caso costarricense revela cómo las aguas termales, gestionadas con visión comunitaria y respaldo institucional, pueden transformar un territorio en un modelo internacional de sostenibilidad.
El turismo termal en América Latina está encontrando nuevas rutas hacia la sostenibilidad, pero pocos ejemplos resultan tan contundentes como el de La Fortuna de San Carlos. En este enclave, al pie del volcán Arenal, el agua termal se ha convertido en el eje de un modelo regenerativo que hoy atrae la atención internacional.
El caso fue expuesto durante el conservatorio “Sostenibilidad aplicada a las buenas prácticas en Termas” en Termatalia Colombia 2025, donde se planteó una idea central: el termalismo no debe limitarse a ser una actividad económica, sino que puede convertirse en una herramienta integral de desarrollo territorial.
Hace apenas unas décadas, las aguas termales de La Fortuna eran vistas con recelo. Los suelos donde emergían eran considerados poco productivos; el ganado no bebía de ellas y la agricultura no prosperaba. Sin embargo, esa percepción comenzó a cambiar cuando algunos emprendedores locales identificaron su potencial turístico. Lo que inició como pequeñas piscinas recreativas evolucionó progresivamente hacia una industria sofisticada que hoy incluye más de 38 centros termales y cientos de piscinas de origen volcánico.
El liderazgo de actores locales, muchos de ellos antiguos campesinos, ha sido clave para mantener el control del desarrollo en manos de la comunidad. Instituciones como el Instituto Costarricense de Turismo, el Instituto Nacional de Aprendizaje y la Municipalidad de San Carlos han acompañado este proceso con formación, planificación territorial e inversión en infraestructura.
El resultado es un modelo que va más allá del crecimiento económico. Según Tadeo Francisco Morales Gómez, presidente de la cámara local de turismo, el verdadero indicador de éxito ha sido la mejora en la calidad de vida. Más de diez comunidades rurales participan en la dinámica turística, beneficiándose de encadenamientos productivos que incluyen transporte, agricultura, gastronomía y servicios.
A diferencia de otros destinos donde el turismo genera concentración económica, en La Fortuna los beneficios se dispersan en el tejido local. Este fenómeno ha contribuido a evitar procesos de gentrificación: la tierra y los negocios continúan mayoritariamente en manos de residentes, lo que refuerza el arraigo y la identidad del destino.
La sostenibilidad ambiental también ha sido un eje estructural, ya que la mayoría de los complejos termales operan bajo sistemas de recirculación de agua, tratamiento de residuos y programas de reforestación. Existe, una conciencia extendida entre los empresarios de que la viabilidad del negocio depende de la salud del ecosistema.
El impacto de este modelo ha sido respaldado por investigaciones del Centro Latinoamericano para la Competitividad y el Desarrollo Sostenible, que destacan cómo el termalismo en La Fortuna genera efectos positivos, uno de los aspectos más innovadores del modelo es su apuesta por el bienestar integral. La combinación de aguas termales con prácticas como caminatas conscientes en la naturaleza o experiencias de relajación profunda responde a una tendencia global que redefine el lujo como equilibrio físico y mental.
La necesidad de una política nacional que regule el uso de los recursos termales, la protección de los mantos acuíferos y la planificación a largo plazo son temas que comienzan a cobrar relevancia. La experiencia internacional demuestra que la sobreexplotación puede deteriorar estos ecosistemas si no se gestionan con rigor.