Karen Retana Barboza/Periodista
Cuando se habla de los grandes arquitectos del turismo en Costa Rica, el nombre de Carlos Lizama Hernández figura como uno de los pilares sobre los que se construyó el turismo moderno en Costa Rica. No solo por su trayectoria, sino por la manera en que su trabajo logró transformar una actividad económica en un proyecto país. Su huella está presente en las aulas, donde formó a cientos de profesionales, en las instituciones donde impulsó cambios estructurales, en los gremios que ayudó a fortalecer y en cada guía turístico que hoy ejerce con profesionalismo gracias a la normativa que él ayudó a construir.
Don Carlos, chileno de nacimiento, pero costarricense de corazón, llegó al país a sembrar una visión que trascendió generaciones. En 1974, atendiendo una sugerencia del entonces presidente Daniel Oduber Quirós, fue contratado como consultor para desarrollar el proyecto de una escuela hotelera y gastronómica para el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA). Aquel diseño académico fue el punto de partida de los programas de formación turística que hoy sostienen la calidad del talento humano costarricense. Su aporte no se limitó a la teoría, ayudó a crear un modelo educativo que profesionalizó oficios, elevó estándares y abrió oportunidades para miles de jóvenes en todo el país.
Su vida profesional también abarcó el mundo empresarial y la aviación comercial, donde dejó una impronta profunda. Entre 1989 y 2003, ocupó cargos estratégicos en LACSA y el Grupo TACA en Costa Rica, El Salvador, Chile y Estados Unidos. Fue vicepresidente ejecutivo comercial de LACSA y de su subsidiaria SANSA; presidió las filiales; dirigió el marketing regional de Grupo TACA para Centroamérica y Sudamérica; y fue presidente y gerente general de su subsidiaria en Chile. Desde esas posiciones abrió nuevas rutas aéreas hacia Sudamérica, Norteamérica y el Caribe, incluidos los vuelos hacia su país natal. Su visión integradora fortaleció la conectividad de Costa Rica con el mundo y amplió la capacidad del país para proyectarse como un destino turístico competitivo.
En el ámbito público, su liderazgo también se hizo sentir. Integró juntas directivas del Museo Nacional, el Museo de Arte Costarricense, el Consejo Técnico de Aviación Civil (CETAC) y el propio INA. Además, trabajó como consultor internacional para el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el Sistema Económico Latinoamericano (SELA), la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Su asesoría impactó proyectos de turismo rural en México, programas de formación turística en 14 países de América Latina, contribuyendo a fortalecer la industria turística de toda la región.
Quizá uno de sus aportes más trascendentales fue la creación del primer reglamento que dio vida formal al guiado turístico en Costa Rica. Hasta entonces, esa labor existía de facto, pero sin un marco que la reconociera, la regulara y la valorizara. Don Carlos entendió que los guías eran embajadores del país, narradores oficiales de la biodiversidad, historia y cultura. Convertir esa función en una profesión regulada era asegurar calidad, respeto y dignidad para quienes la ejercen. Décadas después, ese esfuerzo fue reconocido oficialmente cuando el Instituto Costarricense de Turismo bautizó como Premio Nacional de Guiado en su honor, galardón destinado a destacar la excelencia en este oficio.
Su visión se expandió hacia la promoción internacional del país, dando un impulso a la creación de EXPOTUR, la feria turística más influyente de Costa Rica y una de las más importantes de América Latina. EXPOTUR conectó al país con operadores de los cinco continentes; consolidó un modelo de negocio más profesional, competitivo y estratégico permitiendo que Costa Rica comenzara a mostrarse al mundo con voz propia.
En el ámbito académico, su marca es igual de profunda ya que impartió clases en instituciones como el Colegio Universitario de Cartago y la Universidad Autónoma de Centroamérica, formando a generaciones que hoy ocupan puestos clave en el sector.
Don Carlos también contribuyó a reformar la Ley de Incentivos al Turismo, fortaleció organismos gremiales como ACOPROT y mantuvo una actividad intelectual constante a través de artículos, conferencias y un blog personal donde comparte sus reflexiones. En varios escritos, narró su propio recorrido, las historias de su familia y episodios de su vida profesional que hoy son fragmentos de la historia del turismo nacional.
Los premios que acumuló a lo largo de los años, como el Mérito Profesional de ACOPROT o el Mérito Turístico Internacional de AMESTUR, entregado en el 2025, reflejan el respeto que su figura ha inspirado dentro y fuera de Costa Rica. No obstante, quizá su mayor reconocimiento esté en la industria misma, que lo ha visto trabajar silenciosamente, sin protagonismos innecesarios, pero siempre como un faro ético y profesional.
Reflexionar sobre el legado de don Carlos Lizama implica reconocer su contribución a la profesionalización de una industria, su visión estratégica que la impulsó hacia la presencia internacional y el reconocimiento de su nombre como sinónimo de pionero y líder.
Su historia inspira porque demuestra que el impacto de una vida dedicada al servicio trasciende cualquier cargo o institución. Su huella se refleja en las leyes, en los programas, en las ferias y en los gremios; pero también en cada turista que conoce Costa Rica guiado por un profesional que, consciente o no, camina sobre el camino que Lizama ayudó a abrir.